Desde muy pequeña me gustaba subir a la azotea para observar el cielo. Antes de que comenzara la guerra sólo las estrellas iluminaban la noche, ahora todo es diferente, la luz del día se esconde entre humo y ceniza, y por las noches las estrellas son opacadas por misiles.
En mi departamento hay pocas cosas, una estufa, la cual uso poco porque rara vez hay gas, un vaso, un plato, un colchón viejo y al lado una mesita de madera.
Como ven no hay mucho, pero todos saben que lo más importante es tener puestos los zapatos y traer siempre el pasaporte contigo, siempre, incluso cuando duermes… el pasaporte por si tienes la suerte de salir del país, y los zapatos, porque cualquier mamá le enseña a su hijo que si la muerte te lleva lo único que puedes hacer es irte con dignidad y no hay nada más indigno que morir sin zapatos.
Algunas veces, cuando siento que los ataques han cesado un poco subo los veintitres escalones que me llevan a mi pequeño paraíso. Ahí descanso y recibo al viento y pongo mucha antención en el firmamento, es posible que aún en este cielo pueda ver un cometa, pero debo tener cuidado y no confundirlo con una avión del ejercito.
Hoy esperaré despierta por el día, pocos podemos conciliar el sueño, el miedo se mete por cualquier rendija y desmorona al más fuerte, carcome el concreto, carcome al hombre hasta el hueso.
Mañana saldré y tiraré la llave de mi departamento, caminaré entre recuerdos, entre escombros y fuego… espero nunca regresar.
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